martes, 25 de agosto de 2009

El porro no me pone feliz.


La primera vez que me fumé un porro (churro, gallo, canuto, chamuco, petardo, etc) fue cuando iba todavía en la secundaria tendría yo uno catorce ó quince años solamente. Me habían invitado a una fiesta junta creativa para un trabajo escolar y uno de mis amigos saco algo así como un cigarro arrugado.

-¿quieren?

Y depronto saco una bolsita para sandwich con algo así como orégano, estoy seguro que nadie de los que estaban presentes le había entrado a eso, puesto que todos en chinga abrieron los ojos como Doby al ver alimento. Yo al desconocer, no me hice el valiente ni el interesante, así que para tampoco quedar como pendejo, si me daban -y solo si me daban- iba a hacer lo mismo que con el cigarro.

En lo que los niños precoces jugaban a fumar y a idolatrar a otro precoz, me dedique a chelear solo. Todo iba bien hasta que el público me gritaba que le quemara las patitas al diablo. Entonces como ya andaba medio pedo, al más puro estilo de Sid Vicious inhale el humo hasta que mis pulmones se llenaron y saqué todo, al hacerlo por segunda vez y me supongo que por el alcohol en mi sistema me hizo obviamente efecto.

No era como lo pintaban. No veía cosas, mi percepción de espacio-tiempo estaba intacta, no sentía que me elevaba, pero sobre todo; no me ponía feliz, al contrario me dejó todo serio y desvariando. Después de eso vinieron un sin fin de intentos, pero todos inútiles.

Hasta que me di cuenta que lo que me ponía feliz siempre estuvo ahí, a mi lado; mi amado alcohol. La causa y la respuesta a muchos problemas.

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Y mañana, -si no hay impedimentos- las otras 25 cartas de la baraja del blog.

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