Bien, el chiste es que estábamos en la sala
Les dejo un par de links de canciones de Cri-Cri que hoy pueden escuchar con un whiskey en la mano:
La muñeca fea.
El Ropero.
Ropavejero.
La patita
-Me gustaría ser discreto pero aún así termino contándole mis pendejadas a un montón de gente loca de internet.
El tiempo es un hijo de puta. Uno de esos que primero te invita a soñar y después te despierta con la cruda. Un día estás rascándote la panza en una banqueta, soñando con lo que serás, y al otro te das cuenta que eso que soñaste ya pasó... y ni te diste cuenta. Fue, como dicen los cursis, el mejor de los tiempos. Pero nadie me avisó que se acababa. Nadie me gritó: “¡Ey, pendejo! Este es el momento que vas a extrañar cuando estés hecho mierda”.
Y claro, como buen imbécil enamorado del futuro, me dediqué a cagarla. Rompí corazones sin querer, aprendí lecciones a madrazos y me quedé viendo cómo la vida de los demás seguía, mientras la mía hacía gárgaras con el agua estancada de un charco.
No sé en qué momento pasé de soñar con escapar a pudrirme bajo el sol tibio y traicionero de Coacalco. Pero aquí estoy. Aquí sigo. Un mueble viejo que nadie tira, pero que ya nadie usa. Los días se evaporan como cervezas abiertas, y yo solo los observo sin saber si los estoy viviendo o sobreviviendo.
Hay asuntos pendientes. Cosas que, por su bien —y tal vez un poco por el mío— debería resolver antes de que este circo cierre. Porque el reloj avanza, no perdona. Y cada tic la brecha se hace más grande.
Ella dice que me ama. Dice que será para siempre. Pero hasta el “pase lo que pase” tiene fecha de caducidad. Y yo, que ya no me creo ni mis promesas, solo atino a mirar al cielo y preguntarme cuánto más me queda antes de convertirme en el fantasma de alguien que una vez quiso ser alguien.
Felicitaciones a Halloween. En serio. Por fin lograron hacer que un perfume no huela a cachalote destripado con clase. La química, dicen, es lo de hoy. Y yo, obediente, hoy me metería toda la química que me quepa en las venas, si eso me ayudara a dejar de pensar en ti.
Porque ese maldito olor me recuerda a ti.
Como decía un anuncio cursi que alguna vez leí: "La fragancia de ayer, aún aquí."
Y sí, cabrón, aquí está.
Aquí sigo, derrotado, hecho mierda, revolcado en mi cama que todavía huele a ti, como si tu fantasma tuviera la decencia de quedarse a vivir en mis sábanas. En el baño también estás. En mis libros. En los discos. En el aire.
Mi refugio apesta a ti.
Me hundo en él como un gato moribundo que arrastra sus tripas para morir bajo una casa ajena. Todo es una especie de altar inmundo al recuerdo de una mujer que ya no está, pero que sigue jodiendo como si pagara renta.
Ya no tengo temas. Ni para fingir. Ni para charlar. Ni para sostener una conversación casual sin parecer una versión sin alma de mí mismo. Soy una especie de reacción química. Un ser que solo responde. Un reaccionario emocional que ya no dice nada propio, que solo contesta por inercia a lo que los demás arrojan al vacío.
No pienso. Y cuando lo hago, lo olvido.
El cerebro me da vueltas como licuadora vieja.
Por cierto, dime tú: ¿qué carajo se le dice a alguien cuando su familiar cumple dos años de haber muerto? ¿“Felicidades”? ¿“Ánimo”? ¿“Todavía no lo superas”? ¿Se brinda por eso? ¿Se calla?
A veces creo que lo único que debería decirse es:
“Sigo aquí, oliendo tu perfume en mi sombra. Y ya no sé si eso me mata o me mantiene vivo.”
—Si se enteran todos de cómo son las cosas en realidad... —dije, sin atreverme a mirar.
—¿Nos van a comer vivos? —completó ella, sonriendo con esa mueca que solo saca cuando le da igual arder.
—Exacto.
Se rió, pero con una risa que raspaba.
—Eso es lo que nos hace interesantes —dijo—.
—¿Interesantes? —me reí yo, esta vez más nervioso.
—Sí. Contigo es como siempre estar en medio del huracán.
La miré de reojo. Tenía las uñas pintadas de rojo, de ese rojo que no perdona.
—¿Y ya le dijiste a ella? —preguntó, mirando al frente.
—No. Nadie sabe. Solo tú y yo. Esto todavía es un secreto.
Ella bajó un poco la mirada. Respiró profundo.
—¿Y cuándo lo vamos a decir?
—No sé… ¿Qué día es hoy?
—Martes —dijo, con la seguridad con la que se hablan los amantes.
—Entonces... el siguiente martes.
Se hizo un silencio raro. No incómodo, no hostil. Un silencio con sabor a promesa estúpida.
—Ya quiero que sea martes —dijo. Y lo dijo en serio.
Y ahí nos quedamos. Dos idiotas enamorados a escondidas, pactando con los días de la semana como si el tiempo no nos fuera a aplastar igual.
Tuesday's gone with the wind,
Oh, my baby's gone with the wind....
Hoy fui al billar. Bueno, en la tarde. Aunque también fui en la mañana, pero esa es otra historia con más sueño y menos gracia.
La cosa es que en la tarde volví con unos amigos. Esos que tienen más historias que dientes sanos, más risas que cuentas bancarias. Y ahí, con la tiza entre los dedos y el taco en la mano, volví a sentirlo: ese placer chiquito pero preciso que solo el billar me da.
Esa felicidad rara que no tiene nombre, pero se mete en los huesos.
El lugar olía a cigarro viejo, a grasa, a derrota de lunes, y aun así me encantaba. La música de fondo era de ese tipo que suena igual en una cantina de mala muerte y en un table barato: reguetón con trauma, cumbias con sudor, algo de rock oxidado.
Todo sonaba a ella.
Sí. Porque incluso ahí, entre bolas numeradas y cervezas tibias, ella estaba en mi cabeza.
No diciendo nada. Solo estando.
Como si cada carambola fuera una forma fallida de decirle que la extraño.
O que la necesito.
O que ya no sé cómo no pensar en ella, incluso cuando sonrío con los otros.
Y nadie lo entiende.
Nadie tiene por qué hacerlo, tampoco.
Pero para mí, esta combinación absurda —billar, humo, cerveza barata y su imagen apareciendo entre los huecos de la música— es también una forma de ser feliz.
Una de las pocas que me quedan, quizá.