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lunes, 14 de enero de 2013

F.O.D.A.

Hace un tiempo, en tutorías vimos lo que era un análisis personal FODA y el profesor en un momento de lucidez, pensó que sería una maravillosa idea pedir una cartulina, dividirla en cuatro y pegarla en las paredes de todo el salón de clases para que cada compañero pudiera escribir algo a manera de FODA personal. FODA, esas siglas que suenan a insulto disfrazado de acrónimo empresarial. Fortalezas, Oportunidades, Debilidades y Amenazas. Un mapa emocional pintado con plumones.

La genialidad consistía en colgar veinte cartulinas en las paredes del salón, cada una con el nombre de un pobre infeliz, para que todos fuéramos escribiendo cosas sobre él. Lo bonito era que si alguien ya había puesto la debilidad que tú querías señalar, bastaba con dibujarle una palomita. Democracia en acción. Burocracia emocional. Psicoterapia colectiva sin consentimiento.

A mí me pareció gracioso ponerle a mi amigo el negro como debilidad "Ser negro" y a mi amigo Ulises como debilidad "Martín" (Click aquí para conocer/recordar la historia). Y a otro amigo le pareció gracioso evidenciar esos dos puntos, señalar y reírse. Todo se fue al carajo a partir de ahí, el crecimiento personal se fue por la ventana y lo reemplazamos con una orgía de venganza pasiva-agresiva. Nadie se salvó. Ni yo.


Arriba: Chulada de FODA

En limpio:

FORTALEZAS

  • Carácter sociable e intelectual. 
  • Criterio propio 
  • Agradable 
  • Sabroso   
  • Alegre 
  • Aprende todo 
  • Un criterio amplio 
  • Responsable 
  • Amigable 
  • Lindo
  • Puntual 
OPORTUNIDADES
  • Carisma
  • Integrarse a cualquier grupo y en donde sea 
  • Su calidad intelectual
  • Motocicletista (Sí, MO-TO-CI-CLE-TIS-TA)
DEBILIDADES
  • Te falta un poco más de sensibilidad
  • Gay 
  • El relajo
  • Los amigos
  • El alcohol
  • Amigos
AMENAZAS
  • Malas amistades
  • Mala copa
  • Alcohol
  • Teresa

Soy una hermosura de persona.

domingo, 26 de febrero de 2012

Alguien.

El mar era un jugo gástrico
acido hambriento de sangre
y a mi corazón elástico
alguien puso un impermeable.

El aire era un vaho fétido
húmeda peste infectante
y a mi corazón famélico
alguien dio un desodorante.

La calle era un rio de vomito
de espuma espesa y vinagre
mi cuerpo ansiaba un vehículo
y alguien le pago el pasaje.

Y un dios que era hidrocéfalico
degollaba desiguales;
y a mi alma, que era bicéfala,
alguien la hizo invulnerable.

Y alguien hizo que mi pena
pesara como una pluma
y deposito mis huesos
en un fragmento de espuma
y me inscribió a un kinder garden
en los cuernos de la luna...

alguien que llego y se fue
(violetas sobre mi tumba).

Ayer fui al taller 75° Color. Para ver y conocer a José Quintero, de quien soy admirador de su trabajo desde que llegaron por primera vez a mis pre adolescentes manos sus trabajos en la revista de la Mosca en la pared, obviamente no eran cosas actuales, yo lo vi en números atrasados porque coleccionaba aquella revista algún amigo —que ahora debe ser contador, o coach de vida, o ambas cosas— al que seguramente nunca se las pude robar. En ese entonces, Quintero era uno más: otro cabrón que publicaba monitos en una revista que leían cuatro gatos. No era “admiración”, era más como... reconocimiento. Como cuando ves a alguien hacer algo que tú no sabes ni cómo empezar a intentar. Lo de siempre: uno frente al espejo ajeno. 

Y no fue hasta hace unos seis, siete años, que volví a toparme con su trabajo:


Yessica me lo regalo por mi cumpleaños junto con una dedicatoria que aún hace que se me ponga la piel de gallina. Desde entonces amé a Buba. Amé aún más el gesto. A veces fingía que no entendía algunas páginas y mostraba el libro a otras personas, esperando que vieran lo que yo veía, que sintieran el mismo hueco en el pecho. Pero no. Salvo una excepción —rara, como un eclipse en martes—, la mayoría solo hojeaba el libro como si estuviera lleno de instrucciones para armar un mueble sueco. Ya no finjo demencia. Hay cosas que no se explican. Y menos a cualquiera.

Cuando me enteré de que José Quintero —el tipo detrás de Buba— iba a estar en el Taller 75° Color, algo dentro de mí se activó. No era entusiasmo, era más como... un deber. Un regreso. Una forma de decir “gracias” sin parecer cursi. Quería que me firmara mi libro de Buba. A pero como Don pendejo los sábados va al ingles no lo metió a la mochila y se acordó cuando iba en el metro.

Ya estaba ahí. Ya no había vuelta. Si no podía tener la firma en mi libro, entonces buscaría otra forma de capturar el momento. Aunque fuera en mi cuaderno de inglés, entre verbos irregulares y rayones de ocio. Por suerte, estaban vendiendo su nuevo libro: El Pote. Me lancé. Literal. Me amontoné. Porque hay gente sin alma que no conoce el concepto de “fila”.

El tipo es sencillísimo y súper amable. Le conté la historia del otro libro. Le hablé de Yessica. De la dedicatoria. Del frío que me da cada vez que la leo. Firmo mi libro de "El Pote", me firmo un cromo enorme de Caronte con Buba (Que pienso mandar enmarcar, no voy a cometer el crimen de pegarlo con Diurex, no soy ese tipo de monstruo) y me firmo dos pequeñas postales para Lalo y Aracely. Fui feliz, lo único que me falto fue tomarme una foto con él, pero iba solo.

Así que no hubo foto.
Pero sí hubo memoria. Y, a veces, eso es más que suficiente.

 Arturo Negrete y José Quintero (Derecha).

 Quintero con los cromos que autografió.

 Mi cromo autografiado.

Mi libro de "El Pote" autografiado y con una Buba dibujada, sniff...

Y juro por los veinticuatro testículos de los doce apóstoles que en la siguiente oportunidad se firmará mi otro libro. Y si a alguien le interesa leer a Buba, AQUÍ hay una descarga gratuita.


lunes, 2 de junio de 2008

Increíble placer.

Hoy fui al billar. Bueno, en la tarde. Aunque también fui en la mañana, pero esa es otra historia con más sueño y menos gracia.

La cosa es que en la tarde volví con unos amigos. Esos que tienen más historias que dientes sanos, más risas que cuentas bancarias. Y ahí, con la tiza entre los dedos y el taco en la mano, volví a sentirlo: ese placer chiquito pero preciso que solo el billar me da.
Esa felicidad rara que no tiene nombre, pero se mete en los huesos.

El lugar olía a cigarro viejo, a grasa, a derrota de lunes, y aun así me encantaba. La música de fondo era de ese tipo que suena igual en una cantina de mala muerte y en un table barato: reguetón con trauma, cumbias con sudor, algo de rock oxidado.
Todo sonaba a ella.

Sí. Porque incluso ahí, entre bolas numeradas y cervezas tibias, ella estaba en mi cabeza.
No diciendo nada. Solo estando.
Como si cada carambola fuera una forma fallida de decirle que la extraño.
O que la necesito.
O que ya no sé cómo no pensar en ella, incluso cuando sonrío con los otros.

Y nadie lo entiende.
Nadie tiene por qué hacerlo, tampoco.

Pero para mí, esta combinación absurda —billar, humo, cerveza barata y su imagen apareciendo entre los huecos de la música— es también una forma de ser feliz.

Una de las pocas que me quedan, quizá.

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