jueves, 29 de julio de 2010

El martes son del diablo



Si se enteran todos de cómo son las cosas en realidad... —dije, sin atreverme a mirar.

¿Nos van a comer vivos? —completó ella, sonriendo con esa mueca que solo saca cuando le da igual arder.
Exacto.

Se rió, pero con una risa que raspaba.

Eso es lo que nos hace interesantes —dijo—. 
¿Interesantes? —me reí yo, esta vez más nervioso.
—Sí. Contigo es como siempre estar en medio del huracán.

La miré de reojo. Tenía las uñas pintadas de rojo, de ese rojo que no perdona.

¿Y ya le dijiste a ella? —preguntó, mirando al frente.
No. Nadie sabe. Solo tú y yo. Esto todavía es un secreto. 

Ella bajó un poco la mirada. Respiró profundo.

¿Y cuándo lo vamos a decir?
No sé… ¿Qué día es hoy?
Martes —dijo, con la seguridad con la que se hablan los amantes.
Entonces... el siguiente martes.

Se hizo un silencio raro. No incómodo, no hostil. Un silencio con sabor a promesa estúpida.

Ya quiero que sea martes —dijo. Y lo dijo en serio.

Y ahí nos quedamos. Dos idiotas enamorados a escondidas, pactando con los días de la semana como si el tiempo no nos fuera a aplastar igual.



Tuesday's gone with the wind,

Oh, my baby's gone with the wind....

lunes, 2 de junio de 2008

Increíble placer.

Hoy fui al billar. Bueno, en la tarde. Aunque también fui en la mañana, pero esa es otra historia con más sueño y menos gracia.

La cosa es que en la tarde volví con unos amigos. Esos que tienen más historias que dientes sanos, más risas que cuentas bancarias. Y ahí, con la tiza entre los dedos y el taco en la mano, volví a sentirlo: ese placer chiquito pero preciso que solo el billar me da.
Esa felicidad rara que no tiene nombre, pero se mete en los huesos.

El lugar olía a cigarro viejo, a grasa, a derrota de lunes, y aun así me encantaba. La música de fondo era de ese tipo que suena igual en una cantina de mala muerte y en un table barato: reguetón con trauma, cumbias con sudor, algo de rock oxidado.
Todo sonaba a ella.

Sí. Porque incluso ahí, entre bolas numeradas y cervezas tibias, ella estaba en mi cabeza.
No diciendo nada. Solo estando.
Como si cada carambola fuera una forma fallida de decirle que la extraño.
O que la necesito.
O que ya no sé cómo no pensar en ella, incluso cuando sonrío con los otros.

Y nadie lo entiende.
Nadie tiene por qué hacerlo, tampoco.

Pero para mí, esta combinación absurda —billar, humo, cerveza barata y su imagen apareciendo entre los huecos de la música— es también una forma de ser feliz.

Una de las pocas que me quedan, quizá.

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